El blog del curso Crítica de Arte II (UPRM)

Discursos Coloridos

Por: Michelle Rivera Chaparro

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El cartel que anunciaba la exhibición “Donde no existen palabras” posaba inadvertidamente sobre una de las paredes del Edificio Chardón, del Recinto Universitario de Mayagüez. Por suerte, fue atrapado por la esquina de mi ojo derecho, reteniendo mi total atención con su curiosa diversidad de obras, de manera que no sufrí la perdida de tan memorable actividad.

La exhibición, al igual que el cartel, pudo haber pasado desapercibida por los que no conocieran de su existencia, pues esta tuvo lugar en el recóndito Museo de los Próceres de Cabo Rojo; el cual, para ser más específicos, se encuentra al final del Complejo Deportivo del ya nombrado pueblo. Este pequeño museo resguardado de todo en una esquinita del mundo, guardando tesoros invaluables, fue el lugar escogido para posar las obras que penetrarían mi alma.

Fui acompañada, con la intención de colaborar con mi colega los efectos que pudiera tener el título de la exhibición sobre nuestros sentidos al colocarnos por primera vez frente a las obras. Queda claro que tenía dudas sobre este. Me preguntaba: ¿Sería el título pertinente a cada una de ellas? Esperaba con ansias descubrir que este no estaba aferrado a ningún tipo de clichés redundantes que se revuelven en refranes como: “Una imagen vale mil palabras”.

Mi alivio no llego instantáneamente. Las puertas de la exhibición fueron abiertas una hora más tarde de la estipulada en el cartel como el comienzo de la actividad, como es costumbre, y tanto yo como mi compañero dimos paso dentro de la sala llenos de ávida emoción. Sin embargo, al igual que al encontrarnos entre la muchedumbre, donde nos toma tiempo darnos cuenta de que alguien en particular nos está observando, no es hasta la segunda vuelta en contemplación de las obras en que me fije que estas me miraban; en ocasiones hasta sin mirarme. ¿Cómo era esto posible? Tantas personas a mí alrededor y cada par de ojos pintados se posaban únicamente en mí; esa era mi percepción. Pudo haber sido claustrofóbico, espantoso y hasta enloquecedor, tal vez, si en lugar de tener ojos “falsos” sobre mí, tuviera el peso de los ojos “verdaderos” de los espectadores a mi alrededor, esos que tienen detrás de sus irises pensamientos en vez de sentimientos. Pero la experiencia fue en realidad petrificante, enigmática e intrigante, pues esos ojos “falsos” que no se movían, plasmados en caras que no cambiaban sus expresiones, con labios que no articulaban palabra alguna, esos estaban llenos de conmociones que atravesaban sus pigmentos y se impregnaban en lo más profundo de mi mente.

Y nos quedamos allí petrificados, mi compañero en una otra esquina de la sala frente a una pintura en particular que acariciaba sus subconscientes sensibilidades, y yo en medio del salón sintiendo las mil y una miradas sobre mi cuerpo, y empezando a escuchar – ya fuera por locura o receptividad – los murmullos que se deslizaban debajo del incesante cuchicheo de los demás observadores. Porque lo crean o no, estas obras no solo tenían la capacidad de mirarte en sus posiciones frontales o aun colocadas de espalda y de lado sino que también sin gestos que advirtieran sobre elocuencia ni sonido alguno, ¡podían hablar! Con sus agudas mirada, sus bocas inmóviles y con sus cuerpos erguidos delante o conjunto a panoramas que retan tu disposición de dudar de su veracidad, las obras de estos artistas nos hacen discursos que cautivan nuestras simpatías sin hacer uso de la lingüística. Así que bravo, bravo a quien asigno el título, pues le ha caído como anillo al dedo.

Pero por sobre todo, hay que recalcar la proeza de estos artistas. Esta exhibición, humilde en su grandeza, fue planificada por los mismos estudiantes que cubrieron las paredes del Museo de los Próceres de Cabo Rojo con su talento. Conozcan a: Damián González, Ismari Caraballo, Yvette Arana, Thaisy Marín y Elimelec, un innovador grupo de artistas contemporáneos quienes, al igual que los impresionistas que en su momento crearon sus propias exhibiciones entre colegas, han tomado en sus manos las riendas de sus vidas artísticas y con gran esmero y dedicación lograron conquistar una de las salas del Museo de los Próceres de Cabo Rojo. Bendito ha sido el día en que sus visiones han sido compartidas. Estos estudiantes, si aún debemos llamarles así, conocen su interior lo suficiente como para plasmar sus estilos inalienables en cada una de sus obras de manera que al pasearnos por la sala reconozcamos donde comienzan y donde terminan sus conjuntos individuales, pero sin deshacer el hilo que ata cada una de sus pinturas con la siguiente.

Por ejemplo, se debe carecer enteramente del sentido de la visión para no reconocer instantáneamente las pinturas de Yvette Arana. Es imposible ignorar su estilo caricaturesco obtenido a través de gruesas líneas que acogen en su interior una amalgama de colores brillantes sobre fondos oscuros creando figuras imponentes. A sus criaturas les es irrelevante la carencia de paisajes en sus alrededores, estas no cuestionan su esencia en base a esto, o en base a nada. Sin embargo sus enormes ojos parecen cuestionar la nuestra. Estoy segura de haberles escuchado decir, “¿Yo existo, que tal tú?”

Y si contemplamos al resto de estas sorprendentes obras podremos indiscutiblemente escuchar el susurro de sus sutiles voces. Las mujeres de Thaisy J. Marín comprimieron mi espíritu con sus vidriosos ojos que en triste resignación decían, “Sé quién soy, pero no qué tengo.” Porque, ¿quién sabe lo que tiene cuando al pájaro de nuestra esencia se aleja de nosotros? Damián González logró con gran perspicacia que sus representaciones libraran la más impactante agresividad pasiva que haya empujado mi cuerpo. Sus figuras miraban con una furia desafiante, de esa que solo el oprimido puede descargar. Sus bocas fueron arrancadas, pero esto no les impedía exclamar, “¡He perdido la boca, pero no la voz!” Y es que los murmullos eran ensordecedores para los que se detuvieran a escuchar. Todas las figuras humanas representadas en estas obras tenían algo que decir, pero Ismari Caraballo manifestaba en las suyas que la naturaleza, viva o muerta, real o fantasiosa, también tiene mucho que expresar. De entre todos, fue posiblemente la que más indirectamente habló. Sus ligeros siseos viajaban en burbujas y vientos que flotaban por mundos enteros, posibles dimensiones paralelas a la nuestra. ¿La conexión para con nosotros? Un puente de palabras certeras que comunicaban, “Este mundo me pertenece”, a través de la indiferencia de niños, animales y objetos.

Pero hubo alguien, como siempre lo hay, cuya capacidad de transmisión es simplemente inconcebible. Elimelec Mercado es el artista cuya emotividad, tanto propia como de sus alrededores e ideas, ha sido tan maravillosamente plasmada en sus obras que al contemplarlas es posible transportarnos dentro de las mismas. Al deslizarnos por las paredes que sostienen sus obras, podemos claramente notar la íntima conexión del artista y sus representaciones, pues este estampa un autorretrato, ya sea en mayor o menor escala, en la mayoría de sus obras. Y hablando de sus obras, son toda una evocación al surrealismo. Sus paisajes varían, hinchándose en ocasiones de gran naturalismo, mientras que en otros se crea una confusión entre lo que pudiera ser el cielo o el espacio. A pesar de ello, este desconcierto no hace más que acrecentar la agudeza de los conceptos representados. Independientemente de que Elimelec Mercado pinte obras que expresan enteramente sus cavilaciones más fantasiosas, paisajes realistas o una misteriosa mezcla de ambos, este artista logra con sumo dominio técnico y de color crear moldes de figuras coloridas los cuales llena de sensaciones, emociones, anhelos, recuerdos, nostalgias, que son magníficamente transmitidas por sus pinturas.

Entre tantas obras que logran todo lo ya mencionado exquisitamente, fue difícil escoger una sobre las demás. Sin embargo, la que más rápidamente transporta mi espíritu hacia su interior es llamada, “Que las auras vaguen por las estrellas”.

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“Que las auras vaguen por las estrellas” de Elimelec Mercado
12” x 12” Óleo sobre lienzo

“Que las auras vaguen por las estrellas”, es un Óleo sobre lienzo que mide doce pulgadas por doce pulgadas. Es un cuadro pequeño para toda la emoción que conlleva, pero esto precisamente funciona a su favor. Elimelec Mercado nos presenta en este autorretrato, esta vez visto de espaldas, sentado en una colina frente a un pastizal mientras observa la puesta del sol. Es un momento sereno y pasajero. Un simple detalle del día, tan trivial como el levantarnos cada mañana, almorzar con un amigo, o practicar nuestras lecciones de guitarra. ¿Qué de maravilloso tiene esta vista como para que este artista decida pintarla? La contestación de esto es precisamente lo que demuestra la desmedida sensibilidad de Elimelec Mercado y con ello su ingenio como pintor. Tan rápido como se toma una fotografía que guardara un momento para la posterioridad, este artista ha obtenido desenterrar un recuerdo para encuadrarlo en este lienzo negando la fugacidad del instante. Los sutiles tonos de azules, amarillos y rosas, hechos con pinceladas que se asimilan a ligeras caricias, van cargados de melancolía. Todo parece un sueño, desde las nubes hasta el cabello y esa camisa nublada por las sombras del anochecer que se aproxima. Mientras que el verde, un color más fuerte, existe para aguantar toda la nubosidad que desea escaparse al cielo. La grama nos clava en el suelo para que ninguno de los elementos, incluyéndonos a nosotros, nos perdamos en lo efímero de nuestra existencia. Y como para dar constancia de la posibilidad de todo esto, Elimelec Mercado nos pinta un jarrón con flores vivas que se interpone como puerta entre su mundo y el nuestro. ¿Quién de todos habla en esta obra? De esto no estoy segura, pues no se escucha una voz. Se escuchan voces que canturrean con finalidad y en acorde: “Atrápalo” entonan, “No lo dejes ir.”

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